Con voz propia en Eurovision

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«Pero… ¿cómo nos llamas ahora!?» mi madre no creía que estuviéramos hablando por teléfono: «¡pero, si dentro de dos países te toca cantar!» me apetecía oír la voz de mis padres y que ellos oyeran la mía para tranquilizarlos. Sabía que estarían viviendo aquel momento con intensidad. Era necesario quitar hierro a la situación, reír un rato, oírnos las voces, sentirnos cerca. Relativizar siempre da resultado en momentos de máxima presión.

Lausana, 6 de mayo de 1983. Palais de Beaulieu. Alrededor de las 21:30 horas…

Demasiada excitación. Lo que me apetecía, y necesitaba, era mantenerme al margen del barullo, situarme en mi burbuja de concentracion y procurar tener la calma necesaria para salir a defender Nacida para amar. Las delegaciones de los 22 países esperábamosen la green room nuestro turno para salir a cantar sentados alrededor de una mesita blanca, en cuyo centro había un pequeño soporte de madera con la bandera del país que representábamos. En la nuestra, claro,  la española.Tuve que mirarla dos veces. Era la bandera del régimen franquista. Nada… Un lapsus sin importancia.

Juan Carlos Calderón, hombre de inseguridad proporcional a su enorme talento, lo daba todo por perdido antes de empezar. Lo que se juzgaba era la canción, no su intérprete. Visto así, era lógico que sintiera el peso de la responsabilidad más que yo. «Si una canción no gana, se pierde», repetía una y otra vez. Para no contagiarme del ambiente, decidí ir a dar una vuelta y buscar una cabina (¿Sabrán los más jóvenes qué es una cabina?) para llamar a casa. De vuelta a la green, Sonja, la azafata que tenía asignada, me empujó literalmente hacia el escenario de un tirón. Salí tranquila. Sabiendo de memoria qué cámaras estarían pinchadas a lo largo de la canción. Preparada para contar la historia a través del objetivo negro. Antes de pisar el Palais de Beaulieu, convertido para la ocasión en un plató de televisión de medidas estratosféricas, había acumulado algún aprendizaje ante la cámara, especialmente en la etapa del concurso Un, dos, tres donde grabábamos semanalmente dos y tres canciones.

Al principio fue realmente complicado. Nunca sabía dónde mirar. Por más que Chicho me ordenara que mirara a cámara, no lo hacía. La vergüenza se me comía. Los focos deslumbraban y no veías mucho más que el piloto rojo situado sobre cada objetivo y las piernas del operador detrás de aquella carcasa. Me urgía una estrategia para vencer aquella vergüenza. La estrategia consistió en entender que detrás de aquel objetivo negro había personas.

Al oír las primeras notas del piano escritas en el arreglo de Juan Carlos Calderón, puse en práctica mi estrategia pero esa noche pensé en mis padres y los sentí tras la cámara. Al pisar aquel escenario inmenso y oír los primeros acordes pensé en ellos, en cómo estarían viviendo aquel momento. Instantes antes de empezar a emitir las tres primeras notas sin saber si sonarían en mi voz temblorosas o firmes y seguras, pensé en el apoyo incondicional que me habían dado desde que empecé a cantar a los 16 años. Me invadió un sentimiento de gratitud profundo que me acompañó durante toda la canción. Así fue cómo aprendí a mirar a cámara. No fue difícil sentir verdadera estima por aquel pedazo de cristal. Pensaba en mis padres, los imaginaba al otro lado del objetivo, sonrientes, alentándome. Siempre alentándome. No hacía falta hacer nada más. La cara se iluminaba. Todo fluía. Lejos de dispersarse, la energía generada por la voz se condensaba a mi alrededor para salir proyectada con la fuerza necesaria hacia aquella platea gigantesca.

Era tan sencillo como no pensar, mientras cantaba, que lo hacía para 300 millones de personas. Cantaba pensando única y exclusivamente en mis padres. Si mientras actuamos pensáramos en el número de personas que nos ven, en condiciones normales saldríamos corriendo! En caso de que tengamos el coraje suficiente para quedarnos, lo más sensato y operativo es protegerse por una campana imaginaria, creada a base de concentración y atención plena hacia lo que «dices» mientras «cantas». Esta «protección» no impide percibir lo que sucede en la piel del espectador y, precisamente porque lo que se persigue es viajar hasta su corazón, es necesaria una connexión con el cuerpo y la voz que canta un texto y unas notas.

La complicidad entre platea y escenario, entre cantante y espectador no es otra cosa que el fruto de la concentración, conexión y en definitiva la atención plena del que actúa y del que escucha. En el escenario hay que tirar de un hilo invisible y arrastrar suavemente al espectador hacia esta campana. Si tenemos la suerte de que entren en ella, la magia está asegurada.»
He querido recoger un fragmento de mi libro Con voz propia (Exlibric 2016) y adaptarlo para echar hoy la vista atrás y recordar aquel momento que desde fuera se vive como algo excepcional aunque que en realidad es tan solo un paso en el camino. Una aprendizaje más.

Y si tienes 25 minutos más, puedes acceder a mi clase gratuita: «¡Cómo mis alumnos han logrado cantar en público con total seguridad y control sobre su voz sin apenas esfuerzo y pasándoselo en grande!»

La nueva generación de talentos

A lo largo de casi 8 años, en Nina Academia no solo hemos tenido el privilegio de entrenar cientos de voces sino también la oportunidad de escuchar las inquietudes, sueños y proyectos de futuro de nuestros alumnos. La nueva generación de talentos tiene criterio, vocal y musical, aunque a veces no sean del todo conscientes del potencial artístico que atesoran.

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